El día que me dejaste……(2)

Un paso atrás. Bien, sabíamos que pasaría. ¿Qué vas a hacer ahora?

No podía enviarte la carta. No podía hacerte daño; más allá de eso, no quería que cambiaras la imagen que tenías de mí. Tampoco quería sentir que estaba perdiendo, otra vez. Siempre he tenido miedo en este pequeño cuarto construido con tiestos vacíos. Miedo a salir.

No sabía lo que iba  a hacer, pero la verdad es que llevaba planeándolo mucho tiempo. Lo destruiría todo.

Los actos de cobardía siempre van acompañando de golpes de buena suerte, y yo ese lunes tuve el primero. Me llamaste para cancelar el viaje a Sevilla que llevábamos planeando semanas. Hacía tiempo que los dos trabajábamos demasiado, hacia tiempo que no me cogías la mano y sin hablarlo, buscábamos la manera de seguir…. Después me he preguntado, si alguna vez pensé en hacer ese viaje o sólo acariciaba tu pelo mientras abría la puerta con la otra mano.

El enfado llegó a mí exponiendo mis sentimientos disfrazados, y ambos nos lo creímos. Mientras te disculpabas, salí y anduve por Madrid durante dos horas. Hacía frío, y el abrigo había caído con el portazo que nunca escuchaste. Cada paso que di ese día me alejaba de ti y cuando llegué a casa estaba lo suficientemente lejos para no oírte.

Tu preocupación y tu silenciosa paciencia, conmovían mi estática alegría  Tus conversaciones, con historias que buscaban apartarnos del ruido, solían desdibujar las preocupaciones. Pero ese día no era yo, estaba  a treinta metros de Laura. Por eso no me encontraste.

Durante toda la conversación, pensaba en cómo hacerlo. Tus palabras me parecían pesadas y mis breves intervenciones, extranjeras. ¡Ya! Te dije lo que pensaba. “Algo no va bien, no me hablas, no estás y no siento que quieras estar….”  Me evitaste, me prometiste, me contaste nuevas historias. Uno, dos, tres, me despedí.

Tras la llamada, creí que caería de pie pero mis rodillas estaban doloridas. Me despedí de ti, a mi manera. Nunca esperé hacerlo bien; la valentía no es cualidad de quién hace de la rendición su golpe de efecto y del inconformismo su manía.

No temas, nunca mereció la pena. No te enfades; al final, como siempre, las salpicaduras dejarán una huella imborrable en este aparatoso cuerpo.

Unida  a mi se halla tu decepción, que cogiste un  Lunes y perdiste un Viernes de un invierno cualquiera; ahora, yo paseo de la mano con ella por las calles de Madrid.

Ayer soñé que te perdía, que sensación tan extraña….desperté porque no podía respirar.

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El día que me dejaste…

Pensaba en ti. Y así fue durante el resto del día hasta las 19:04 y tres suspiros.

El pensamiento que hacía días rondaba mi cabeza, se tornaba más y más claro a cada instante y ese lunes por la tarde, Laura era ya una sombra de mí.  Sentía esa presión en el pecho de la que todo el mundo habla, nadie empatiza y casi todo el mundo siente alguna vez. Es el “debí” de las sensaciones, bastante desagradable por cierto.

Cogí el teléfono y mientras marcaba, sentí como la debilidad en la presión de mis yemas estaba impidiendo mi cometido. Seguiría durmiendo mal.

Ella entró por la puerta de mi habitación…se sentó a mi lado y me preguntó algo, tendiendo con su mirada el puente de comprensión que tantas veces he cruzado. Al principio las palabras, resultaban frágiles y vacías, pero su silencio abrió los cerrojos de puertas cerradas hace tiempo. Mi madre supo que algo ocurría. Lo debió notar aquel día que mi risa ganó 2 Kg/L de densidad. Entonces, allí sentadas las dos, me imprimió la valentía que necesitaba. Como  no se le puede pedir más a alguien que no baja la persiana por la noche por miedo a no levantarse a la hora; sólo decidí escribirte:

“Probablemente, esto parezca o sea cobarde, pero dudo que alguna vez sea capaz de hablarte como escribo, y aún menos tratándose de ti, viejo amigo.

Llevo unas semanas pensando que algo no está funcionando entre nosotros y aún menos en mí. Entonces me planteaba que no había nada que reflexionar, que nunca dijimos nada; que todo quedaba en el aire, como esas parejas de amigos que se conocen poco a poco y todo surge espontáneamente. Pero es que yo ya te conozco, y ya te quiero. Comencé a hacerlo hace años, en aquel esperado minuto, cuando entre tanta timidez me diste tu primer abrazo al aire. Nunca fuimos una de ellas. Por eso, ambos dimos por hecho, que debía ser más sencillo para nosotros que siempre hemos sido amigos. No ha sido así; antes de caminar ya surgieron  tropiezos, esfuerzos y excusas. Algo inaudito entre dos personas que no dejaron hueco para nada más. Ahora lo hay, y cada vez es más grande, y todas esas cosas se sientan con nosotros, y es demasiado pronto….

Quizás haya pasado más tiempo del que pensamos cuando miramos atrás,  y ya no somos esos amigos que estaban tan cerca, o yo esa chica que deseaba acompañarte a cada rincón de Madrid.

No ha fallado nada entre nosotros, o al menos no lo ha hecho para mí; y es que son las circunstancias las únicas culpables de acurrucarnos lejos. Ahora pensarás que soy más rara de lo que ya imaginabas o creías saber; y si, impregno de dramatismo. Será que temo que se rompa algo que a lo mejor nunca debimos tocar, finos hilos que tejimos durante años.

En cualquier caso no me arrepiento. Me buscaste cuando ambos estábamos perdidos y volví a recordar y a imaginar como lo había hecho siempre. Pero creo que finalmente me ha dejado de ocurrir. Cuando giro, ya no te veo.

Siempre me ha costado saber lo que pensabas y nunca lo intenté directamente, temiendo tocar algún botón de tu camisa que apretase demasiado. Ahora, que todo trata de nosotros, sigo sin poder hacerlo. Y lo peor de todo, es que no consigo saber si es que no puedo o es que no lo intento. Como resultado de tanto titubeo, no sé lo que piensas; y nuestras conversaciones, cargadas de palabras y complicidad, están también rodeadas de silencios. No he podido aceptar que no me hablaras, ni me perdono a mí poner puntos suspensivos a nuestros pensamientos.

Al final cariño, sé que los dos estaremos bien, que hemos demostrado no necesitarnos pero si querernos con conmovedora ternura.

Siempre me preocuparé por ti

Ese Lunes no mandé la carta, ni lo haría nunca. De nuevo, el miedo marginaba mis acciones.

Solo te debo la verdad- No eras tu quien no hablaba, ninguno de los dos lo hacíamos. Aún sigo intentándolo, y a veces susurro.

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La Educación

Confraternizándome convenientemente con el vasto refranero nacional me hago eco de la sentencia “somos animales de costumbres”; y lo hago porque tal y como exigimos de los “dichos populares” es así con perceptible frecuencia. De tal forma, que hasta los imprescindibles cambios que se han sucedido a lo largo de los siglos, han nacido de la renovación de estas costumbres. Por ello, añado a tales y con el riesgo de resultar redundante, el apelativo de “heredadas”.

Así, el cuadro que resultamos ser, proviene de un esbozo demasiado antiguo y de unas pinceladas familiares; de una sociedad que errando, aprende y enseña lo que adquiere, y de un entorno que “practica”. Somos la obra final de un tejido moral y ético impregnado de matices personales que humanizan el resultado. Todo esto me ha hecho convenir en que la Educación resulta el instrumento mas poderoso con que cualquier agente social, incluyendo al propio ciudadano, puede contar. Sin hacer gala del escepticismo que algunos filósofos como Rousseua, aplicaron a la naturaleza del ser humano, si atribuyo al aprendizaje el título de “guía de comportamiento humano”. Las atrocidades cometidas a lo largo de la historia lo demuestran. En este pasado, la sociedad se ha erigido como espectadora activa y como verdugo de insanos espectáculos.

Actualmente, la educación y la ausencia de ella se instrumentalizan en todos los campos, religión, política y algunos más frágiles como la moda o las tendencias sociales.

El mundo occidental y en concreto España, no escapan a esta práctica. Congeniábamos mi amiga  y yo hace unos días como permanecía suspendida en el aire cierta agresividad con tintes de distorsionada mesura. Nadie duda del marco ético y moral, en complicidad con el sistema democrático, en el que afortunadamente vivimos. Pero al margen de aquellos que se escapan a este marco, sobreviven en él comportamientos individuales que hacen temblar sus cimientos. Así, veo a mi alrededor una lucha encarnizada de opiniones, que por su forma, buscan la imposición y no el debate ni el compromiso social. Leo y oigo sentencias individuales y comportamientos que convierten al emisor en culpable y al culpable en lo que es y en algunos casos en algo más.

Hay numerosos ejemplos. El debate político no es tal, ni en la calle donde siempre estuvo, ni en los pasillos donde a veces era, ni en donde debiera y nunca fue. La ciudadanía parece haberse contagiado, al menos parcialmente, del partidismo improductivo y ambicioso. Algunos comentarios y acciones buscan el enfrentamiento interciudadano, que debilitará a una mayoría y fortalecerá  a una clase.

Por otra parte, ayudados por la mediatización de personajes y oficios, hay quien proclamándose “justiciero” lanza superficiales ofensivas que nada tienen de constructivo y tanto de innecesaria violencia. Las críticas ante un comportamiento reprochable no debieran cargarse de agresividad lingüística, de juicios de valor precipitados o de persecuciones prácticas y verbales.Así ocurre con los toreros, a quien me cuesta entender, pero a quien me cuesta aún más desear daño alguno. Y no es este ejemplo el motivo de tal reflexión, sino algo que noto y que a través de las redes, los medios y los acontecimientos veo precipitarse.

Tampoco, el humor derivado de infortunios ajenos forma parte de mi tambaleante comprensión.Y en todo esto, la Educación actúa como arma y salvadora. Siempre atribuyo, y no digo que no me equivoque, a ciertas actuaciones la falta de ésta. La veo como el eje que debe gobernar y protocolizar las actuaciones de todos los que participan de una sociedad convenida.
Como arma, puede ser terrible, existen numerosos ejemplos en las religiones o en ciertos países con partidos políticos de tradición demagógica y dictatorial.
Pero como salvadora, ahí si que no, ¡no hay otra como ella!. Si algunos de los esfuerzos materiales y humanos dirigidos a legislar, imponer, convenir, corregir y castigar se focalizasen en educar(nos) nos ahorraríamos tantos disgustos como medidas y partidas económicas futuras. Así me ocurre con el copago, al que cariñosamente llamo “repago”. Nuestro sistema sanitario es caro, pero se trata de un derecho (caro). Educar a la sociedad a “utilizar” y no a “usar” sería una manera de no recortar algo que por derecho nos pertenece, tal y como es y sin echar de menos
Por otra parte, y como ya he mencionado, la búsqueda continua del confrontamiento resultará agotador para quién menos puede permitir cansarse, yo ya lo estoy un poco. Y por último la educación dirigida a evitar la vertida de improperios y persecuciones, y la resolución por ello en críticas constructivas, empujará nuestro techo de aguante. No me refiero sólo al enfrentamiento político, que también, sino al existente en las calles, en las palabras, en los medios; hay algo de violencia acechando con colarse hasta el final del baile.

Está en manos de todos y sobre todo de unos pocos, invertir en cambiarlo. Campañas de salud agresivas demuestran que la educación como era de prever, funciona. En busca de una sociedad ideal…. ¿y que otra salida nos queda? Estamos conviviendo

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